miércoles, 22 de agosto de 2007

Y se giraron hacia atrás gritando a Juan que volviera, pero su rastro estaba impune en medio de la noche, el siguió corriendo tras el chorro de luz que desprendía aquella figura borrosa, que aun así, la veía con la claridad de la esperanza y de la inconsciencia; Juan no advertía ninguna presencia, aun en medio de los paseos rebosantes de ancianos y palomas, aquella figura arrastro consigo ciertas plumas, que le dieron la imagen de arcángel bienaventurada.

Llegaron a la cima de la montaña y se detuvieron los dos, Juan gritaba su nombre, pero ella seguía inmóvil en medio del todo y arriba de la nada, Juan no notó que en su espalda también había restos de plumas, pero sintió una suave levitación que le dio la seguridad para acercarse definitivamente a ella; el cielo se volvió purpura, y ella escupía buitres por todo el aire, Juan pregunto que cual era el cometido, que el sentía el llamado, que lo llamaban todas las tardes de otoño, pero cuando ella intentaba responder el cielo se hacia fuego, porque su sonido era la revelación absoluta.

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