martes, 27 de octubre de 2009

Escafandras y Mariposas.




Recuerdo a mi tía Lina, prima de mi abuela, dueña de esas hijas y sobrinas estiradas que traían miles de regalos de Estados Unidos a sus hijos, y que cada domingo de visita envidiábamos los demás.
Siempre me pregunté como es que eran parte de nuestra familia, pero gracias a mi tía comprendi ese lazo de unión, a pesar de no haberla escuchado nunca decir ni una palabra.
La recuerdo tumbada en su cama día y noche, noche y día, cerca de un terrorífico biombo de tela que la ocultaba del resto de la habitación,y de algún orinal metálico blanco ( esos que salen en las películas de la guerra civil española ) y como no, rodeada de un potente olor a naftalina.
Su cara era pura dulzura, reconocía en ella a mi abuela, y sabia que no había equivocación en aquellas visitas, y que no nos habían alquilado como extras para alegrarle los fines de semana.
Tenia el pelo muy plateado, de ese plateado brillante que ya no existe, y los labios muy carnosos, de esos que gustan de dar cariño.
Cada vez que iba me sentaba a su lado, después de recorrer lo que para mi era el largo y kilométrico recorrido de la puerta de la habitación a su cama, y siempre custodiada por algún primo mal humorado de 50 años.
Cogía sus manos siempre, era lo que más me gustaba, mirarle a los ojos y tocar su piel de acordeón; nunca he vuelto a ver una piel así, supongo que eran pieles que se curtían recogiendo café grano a grano o lavando ropa en algún río, o a lo mejor simplemente es que me lo he querido inventar para que quedara bonito.
Tengo un recuerdo muy vago pero casi envidiable de aquello, no se cuantos años tenia pero recuerdo borrosamente su ataúd en medio de el salón; pero lo mejor es que cada vez que la recuerdo, siento acariciar suavemente su aspera e inolvidable piel de acordeón.


Dedicado a mi tia Lina por supuesto

y a Jean Dominique Bauby.



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