domingo, 7 de agosto de 2011

YASUZO MASUMURA





El desconocimiento casi total del cine realizado en Japón por fuera del clásico triángulo integrado por Ozu, Mizoguchi y Kurosawa –ahora transformado en cuadrilátero con la incorporación tardía de Mikio Naruse- y de la lista de autores contemporáneos encabezada por Kitano continúa generando un equívoco habitual: pensar a una de las cinematografías industrialmente más sólidas, amplias y eclécticas del siglo XX como un pequeño nicho de exotismo oriental compuesto por un puñado de realizadores y títulos falsamente representativos. Es en ese sentido que el ciclo programado para el próximo mes de agosto en la Sala Lugones del Teatro San Martín, dedicado a una figura fundamental -y paradójica- del cine nipón de posguerra, quizás sirva de aliciente para comenzar a iluminar ciertas zonas oscuras. 


Yasuzo Masumura es uno de los referentes ineludibles de la Nueva Ola cinematográfica de su país, no tanto como miembro de la élite integrada, entre otros, por Nagisa Oshima, Yoshishige Yoshida, Shohei Imamura y Masahiro Shinoda, sino como involuntario padre espiritual de un movimiento cuyas renovaciones estilísticas alterarían para siempre el rostro del cine japonés. Al mismo tiempo, esclavo de los últimos estertores del sistema de estudios de su país, un empleado que pasó toda su vida al servicio de una empresa, la Daiei, que lo llevaría a alternar films tan personales como atrevidos en su jugueteo con lo experimental con otros anclados en géneros populares y de moda. ¿Quién es, entonces, Masumura, cuyo debut como realizador hiciera exclamar al por entonces muy joven Oshima que "una poderosa e irresistible fuerza ha desembarcado en el cine japonés"?


El film en cuestión, Kisses (Kuchizuke, 1957), narra la historia de un chico y una chica adolescentes cuyos padres, por condenas que involucran cuestiones de índole política o tienen su origen en desajustes sociales, permanecen a la sombra del sistema carcelario como consecuencia directa de no poder honrar sus fianzas. En la primera sección de la película, que discurre a lo largo de un único día en compañía de los jóvenes mientras éstos nadan, patinan, bailan, beben, pasean en motocicleta y, quizás, se enamoran, es posible advertir no sólo la inminente explosión nuevaolera que sobrevendría un par de años más tarde –la ópera prima del mismo Oshima, La calle del amor y la esperanza (Ai to kibo no machi, 1959), es deudora directa de este film-, sino que esa escapada a ninguna parte, esa sensación de desesperanza generacional y orfandad emocional, termina hermanando a este par de personajes con todos los Antoine Doinel del mundo. El clima que los rodea y asfixia es el de un Japón que no acaba de reconocer los excesos colonialistas del pasado reciente y que ya se apresta a transformarse en potencia económica a costa de la pérdida de cierto grado de individualidad.


Esta arista novedosa de una sociedad en frenética transformación conforma el centro de Giants and Toys (Kyojin to gangu, 1958), bulliciosa sátira de caracteres filmada en colores y pantalla ancha que, sólo en apariencia, parece ubicarse en el otro extremo estilístico de Kisses. Debajo de una trama donde varias corporaciones se enfrentan en una feroz campaña publicitaria aparece un Masumura en estado de acidez total que, sin dejar de lado los lineamientos básicos de la comedia popular, reflexiona sobre una sociedad mercantilista basada en la despersonalización, en la transformación de los seres humanos en productos de consumo.


Los cambios de estilo, tono y temática de su obra, que se acerca a los sesenta largometrajes hasta el momento de su muerte en 1986, forman parte importante de su personalidad cinematográfica. Pero, a diferencia de un realizador como Imamura –cuyos primeros films se ubicaban alevosamente en la vereda opuesta de los de su ex mentor Yasujiro Ozu-, fue precisamente el eclecticismo bien entendido el que le permitió a Masumura moverse como pez en el agua en diferentes medios, incluido el clasicismo cuando lo consideró necesario. Mientras la crítica joven y varios de los cineastas de la Nueva Ola atacaban por conservadores a veteranos como Ozu y Mizoguchi, Masumura declaraba que "la mayoría de los directores de cine sienten la necesidad de mantenerse a tono con las últimas modas, de montar la cresta de cada "nueva ola". Si la "modernización" es el estándar de la excelencia, entonces Mizoguchi se ubica al final de la lista. Su rígida abstinencia puede parecer pura estupidez para aquellos que valoran los beneficios de la occidentalización, pero es precisamente esta estupidez lo que lo llevó a él y a su cine hacia la verdad". Teniendo en cuenta que Masumura fue asistente de dirección de Mizoguchi en varias de sus películas de los años 50, la frase cobra especial relevancia en su pleno convencimiento de que la búsqueda personal de un camino no inhabilita necesariamente otros.

2 comentarios:

Roy Bean dijo...

Hola Joni


Sólo he visto Kisses, que me parece una obra monumental.

Saludos
Roy

yosónico dijo...

Estoy intentando bajarla, pero está complicado. Tengo ganas.