sábado, 22 de octubre de 2011

FORDLANDIA



Fordlandia ya está abandonada. Ahora esalta como una Disneylandia en mitad del Polo Norte. Y es que Fordlandia es cualquier cosa menos un pueblo normal. Se enclava en mitad del Amazonas y fue levantado por la megalomanía y la falta de previsión de un poderoso hombre de negocios, el equivalente de Preston Tucker pero en la marca Ford: Henry Ford.



Su ciudad, Ford Land, fue construida a principios de los años 1930 a orillas del río Tapajós, afluente del Amazonas, en mitad de la selva. Para satisfacer la demanda de caucho de la marca Ford y con la intención de quebrar el monopolio británico y holandés de caucho en sus plantaciones del sudeste asiático, Henry Ford estableció más de 20.000 hectáreas de cultivos de planta de caucho. Curiosamente, los inventores de las botas de goma (caucho) fueron los indios amazónicos, que ya las fabricaban de forma instantánea desde hacía mucho tiempo: simplemente se bañaban en látex líquido hasta las rodillas y esperaban que se secara, originando así la bota mejor adaptada al pie del mundo, casi como una segunda piel.


Esta pequeña ciudad corporativa made in Ford Motor Company constaba de modernas fábricas tales como las que existían en los suburbios norteamericanos. Imaginaos también flamantes casitas de madera alineadas como en esas urbanizaciones americanas que salen en las películas, todas con su propio jardín privado, sus pinos, sus puertas mosquiteras, sus calles y sus aceras. Un pueblecito americano ideal en mitad de la nada, rodeado por las salvajes fuerzas de la jungla. Con su hospital, su panadería, sus zapaterías, sus sastres, sus piscinas. Incluso tenía su propio campo de golf de nueve hoyos y un club de vals, jazz y foxtrot, el Hase.


En definitiva, el American Way of Life importado a una de las regiones más inhóspitas del planeta. Así de tozudo y ambicioso era Ford, y también socarrón: no hay que olvidar, para hacerse una idea más definida de su personalidad, que en 1930 el magnate recibió una carta del gángster John Dillinger en la que venía a felicitarle por fabricar los mejores coches para huir de la policía tras un atraco. Ford no tardó en hacer llegar este mensaje a la prensa para que lo publicaran. Ford estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería, estaba encantado de conocerse y no le daba ningún pudor afirmar que Dillinger le hizo la mejor publicidad del mundo.


A pesar de todo, su gran proyecto amazónico fracasó. Dos fueron los motivos principales que hicieron abandonar Fordlandia en los años 1940. El primero fue que el caucho sintético volvió obsoleto el caucho natural. El segundo y más importante es que no se puede luchar contra los elementos, por mucho empeño que pongas. Ford había pretendido doblegar la selva a sus exigencias. Como si hubiera trasladado un fragmento de Manhattan al corazón del Amazonas o un fragmento del Amazonas al corazón de la Gran Manzana. El calor y la humedad eran insoportables para su población. La malaria se cebaba con ellos. El territorio no se podía domesticar y era tremendamente complicado establecer rutas de transporte o espacios para la construcción. Los trabajadores autóctonos, los seringueiros brasileños, además, no tenían experiencia en cultivar correctamente el caucho, y mucho menos aceptaban de buen grado las innovaciones y el estilo de vida que Ford trataba de imponer en el asentamiento.



No hay que olvidar que Henry Ford impulsó la cadena de montaje deshumanizada y era un antisemita de pro, y que también se caracterizaba por ser todo un hombre de negocios que trataba a los trabajadores nativos como si fueran oficinistas: les asignaba números de identidad y les imponía una jornada laboral de 9:00 a 17:00 bajo un ardiente sol tropical. ¡Les obligaba a usar zapatos y a comer hamburguesas! Incluso impuso la ley seca, el uso de baños públicos (de mal gusto en la región) y las ventanas con cristales, que dejaban pasar el calor al interior de las viviendas pero no lo evacuaban. Y es que Ford era un hombre demasiado apegado a sus costumbres: en sus fábricas de coches sostenía que el cliente podía tener su coche del color que quisiera, siempre que el que quisiera fuera el color negro.


Tanto es así, que los trabajadores nativos acabaron rebelándose frente a las normas espartanas de Ford. Y, como no se andaban por las ramas, acabaron usando sus machetes con los capataces. La ciudad era demasiado pretenciosa y Ford finalmente acumuló pérdidas por valor de 20 millones de dólares, convirtiendo la típica gráfica que cuelga en el despacho del presidente y que muestra la salud económica de la compañía en el dibujo de una pista de esquí vista de perfil. Coincidió, por si todo esto fuera poco, que al estallar la Segunda Guerra Mundial, Fordlandia se convirtió en una zona estratégica para los intereses nazis y aliados en Sudamérica.


Ahora, en mitad de la jungla, ya sólo quedan sus restos, que siguen en pie para dar servicios a una población ya inexistente. Como símbolo de la arrogancia industrial norteamericana. Una arrogancia que recuerda poderosamente a la película de 1982 Fitzcarralardo, de Werner Herzog. En ella se cuenta la historia de Brian Sweeney Fitzgerald, un apasionado de la ópera al que se le mete entre ceja y ceja que debe construir un teatro en mitad de la selva del Amazonas para que Caruso cante en él. Para financiar este despropósito, intenta crear una compañía de navegación en una vía fluvial virgen, lo cual le obliga en primer lugar a transportar un barco a través de una zona montañosa. Los nativos, al contemplar cómo este esperpéntico personaje transportaba un aparatoso barco desmontado por piezas a través de las montañas, lo bautizararon como Fitzcarraldo.


 
Pero el verdadero parecido con Ford no hay que buscarlo en el personaje de Fitzcarrarlo sino en el director de la película, Herzog, que, obsesionado con dotar de verismo el rodaje, decidió realmente transportar el barco sin ninguna clase de truco, sólo con la ayuda de poleas y sogas y un destacamento de nativos. Como un Chanquete en el Amazonas. “Iban a usar un barquito de plástico y filmarlo en un jardín botánico“, explica el cineasta alemán en su libro La conquista de lo inútil al enterarse de que los productores querían recrear la escena con una maqueta. El rodaje, pues, duró 9 meses, entre accidentes, enfermedades, enfrentamientos con los nativos e incluso el encontronazo con una guerra en la frontera de Perú y Ecuador. El actor protagonista, Klaus Kinski, incluso amenazó con un puñal a Herzog, y los indios jíbaros, que no tenían mucho aprecio a Kinski, se ofrecieron voluntarios para asesinarle. Un rodaje que trasciende a la propia película. Porque la realidad, como demuestra Ford y Herzog, es más demencial que la ficción cinematográfica.



 Hoy en día, Fordlandia sólo está frecuentada por algunos granjeros y turistas ocasionales que sienten curiosidad por esta rara avis del primer mundo, ordenando y jerárquico, tratando de sobrevivir en plena naturaleza sudamericana, salvaje e indomable.
La que sí ha revivido ha sido Belterra, otro intento del tozudo Ford por domar el caucho de la región que acabó del mismo modo que Fordlandia. Belterra, desde 1995, intenta ahora sobrevivir plantando café, mandioca y arroz.
Al menos, la marca Ford sirvió para que años después se filmara una de las películas más raras, divertidas y con mayor número de floridas palabrotas del cine, Ford Fairlane, el detective rockanrollero, cuyo protagonista fue reinventado en España por parte de su desopilante doblador: Pablo Carbonell. Aunque ignoro si de esto estarán al corriente los nativos del Amazonas.


2 comentarios:

prefiero mi segundo nombre dijo...

no sabía nada de esto; mierda, amo tanto tu blog!

yosónico dijo...

jaja y yo tus textos. :)