jueves, 5 de abril de 2012

SLACKER




Artículo extraído de: Cinema's Bride

Estas frente a un tren; puedes entrar o dejar que las puertas se cierren antes de hacerlo.  Ir o permanecer en el sitio. La decisión es tuya pero una vez que elijas habrás elegido: si entras, estarás dentro; y si no lo haces, nunca sabrás que habría pasado allí. Pero, ¿y si esto no fuera así? ¿Podríamos elegir sin que se ahogaran el resto de posibilidades;  elegir y que las diferentes decisiones se convirtieran en pequeñas realidades con vida propia y paralela? Puede que la  realidad que crees única no sea más que una de las miles existentes. Puede que tú habites solo en una de tus realidades. 


 Así empieza Slacker, con un desconocido hartándonos a preguntas metafísicas. Un profundo monólogo sacado del bolsillo que no espera atención ni respuestas. Como si no hubiera otra cosa en la que pensar (y de la que hablar) en un viaje en taxi por la capital de Texas, Austin. Esto es precisamente lo que define a la generación que retrata la película, la slacker: jóvenes (de espíritu) inteligentes que intentan definir su vida haciendo, pensando y hablando lo que quieren  y cuando quieren; al margen de la sociedad.
La película Slacker nació en 1991 de la mano guionista, productora y directora del treintañero Richard Linklater. Tanto su presupuesto (23.000 dólares), como su temática y su puesta en escena la convierten desde el primer minuto de metraje en una producción indie. Con un ritmo estructurado en forma de carrera de relevos, decenas de personajes pasan delante del espectador para soltar libremente sus divagaciones (que van desde sólidas teorías anticapitalistas hasta el flujo vaginal de Madonna) La sensación que queda tras verla no es la de haber visto una película como tal, sino la de haber sido espectador de un día de una clase social alternativa, la “marginal voluntaria”, la slacker.


 Los slackers de Linklater son como los hippies de los sesenta pero sin la agenda política. Aunque en sus discursos la crítica al sistema capitalista  es constante no hay ni rastro de intención alguna por levantarse del sofá y cambiar las cosas. Al contrario, los tiempos muertos y los días perdidos son el ecosistema de estos jóvenes, en el fondo,  adultos enfermos del síndrome de Peter pan. Conformistas, devoran información conspiratoria y gastan todas sus energías en ser apáticos. Si bien no se adaptan al mundo, deciden crear el suyo propio equivalente, una realidad  paralela en Austin. Y no es casual que sea Austin el marco de esta película pues es, en sí misma, una ciudad slacker. Su resistencia a los Mc Donald’s y a los Starbucks como conceptos de masa y homogeneización del consumo la han hecho famosa por sus lugares corrientes, costrosos, cutres y ya en peligro de extinción en Norteamérica.


En definitiva, el panfleto anticapitalista que desprende por sus poros, sus personajes tan extravagantes como vacíos y su peculiar dinámica, hacen de esta película una obra nada recomendable para las “masas” sedientas de tramas y argumentos. Eso sí, tampoco es un producto diseñado exclusivamente para el disfrute de los manifestantes antiglobalización o los gafapasta progresistas. Más allá de todo eso, es cine. Y dentro de este, una propuesta visual alternativa digna de mención dentro de la tradición del mejor cine independiente americano. Al mismo tiempo que Linklater pone en la mesa de operaciones a los referentes de la cultura norteamericana para diseccionarlos y sacar de ellos  “la otra América”, también hace lo propio con  el cine fácil e intrascendente. Así, apuesta explícitamente por lo que uno de los personajes finales llama el “anti arte”, el arte inusual e incómodo que “destruye el trabajo artístico de los demás” y construye con él algo nuevo, original y nunca-visto.
Son los dos desafíos que dominan Slackers: el sociocultural y el cinematográfico; ambos resumidos en la frase más sintética que lanza el film: “Despierta América” 


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